24/6 30 AÑOS SIN ELIAS Por Enrique Martín La fiesta de cada domingo empezaba cuando el Flaco salía a la cancha con su valijita, dos minutos antes que la rutinaria fila de pechos azules y amarillos, para sacudir los tablones o el hormigón, como un rito de emociones que se prolongó por más de medio siglo, hasta convertir a un sencillo masajista en la marca mayor y mejor registrada por un club al que le regaló todo, desde el diario trajín de sus dedos tenaces hasta el reloj de su corazón insobornable. El Flaco de la valijita llegó de Polonia a los cuatro años, acaso seguro de que ese sería el último viaje largo de su vida, condenada a fatigar cada centímetro de Villa Crespo y de Atlanta, desde un orgulloso oficio de aguatero casi infantil allá por 1935, cuando las espaldas no llevaban números y el aceite verde era todo el arsenal del kinesiólogo, más un toque de agua bendita y las ridículas musleras que enviaban a cualquier lesionado a jugar como puntero izquierdo. El Flaco de ojos celestes, ondas rubias y pocas palabras, también fue obrero tejedor y peronista hasta los ’60, en la misma fábrica donde conquistó a su esposa Dora durante algún descanso de máquinas que fastidiaban las tardes de Castillo y Acevedo. El Flaco nunca tuvo auto, ni tampoco vacaciones que no fueran las módicas pretemporadas futbolísticas en el mar o en la sierra, ni más berretines que el mate, y el tabaco que con el tiempo fue ensanchándole la voz hasta sonar enorme en su cuerpo de jockey. Atlanta fue su casa y su cruz, su sueldo tardío y escuálido, sus amigos Betinotti, Don León, Slipak, Chiarelli, Simoncito; su mesa de la calle Padilla donde continuaban las atajadas de Miguel Ángel Sánchez, los trancazos del Negro Clariá y cada fusilamiento de Julio Nuin desde los doce pasos. El Flaco de la valijita sólo tuvo apodos pasajeros y un apellido casi ajeno. Alcanzaba y alcanza con decir ELÍAS. ELÍAS para recordar que Pichino Carone era sonámbulo y contaba las travesuras nocturnas de sus compañeros; Elías para refrescar la tarde que jugó en el hipódromo de Palermo a una chaquetilla como la seda bohemia, sólo por eso, y cobró un fangote que sirvió para pagar una cena a todo el plantel, que había sido invitado a apostar por un caballo del presidente Chissotti, que no podía perder, pero que finalmente llegó de noche. Elías al costado de Pedernera, de Feliciani o del Vasco Echegaray; en cuclillas junto al Loco Dezorzi, pegado a Palito Candau, en algunas postales que colorearon 52 años de claveles rojos, de ascensos y descensos, de lágrimas y de goles; del sí a Osvaldo Zubeldía y del no a Estudiantes de la Plata; de las puteadas a Bilardo, el único día que lo echaron de la cancha. Elías se enfermó una sola vez, y se murió de pura bronca contra la injusticia de un pobre tipo (Diman, ése) que lo arrancó de una pasión tan grande como sus hijos Mario y Diana y sus tres nietos. En junio de 1987, el mismo día que Gardel (24/6), llegó al Cielo con la valijita de madera,